Orwell vs Huxley

Miradas

Muchos días nuestras miradas coinciden.

Ventana contra ventana, vagón contra vagón.

Vamos en direcciones distintas, pero ambos sabemos que algún día, seremos capaces de apearnos en esa estación y reunirnos en los pasillos o en el andén de ida y vuelta.

Los títulos de nuestros libros coinciden. Ya sabemos que a los dos nos gusta leer. Una agradable coincidencia.

Me gusta como me miras. Tal vez a ti también te guste mi mirada.

Yo siempre espero ese momento del día, cuando tu tren coincide con el mío, cuando nuestros ojos levantan la vista sobre la página que estamos leyendo y sonreímos sin apenas mover los labios. Un día más, un instante fugaz, apenas unos segundos. Tu mirada se posa sobre la mía y como un beso, siento tu caricia invisible sobre mi mejilla.

Me encantaría poder abrazarte y decirte tantas cosas… O tal vez no decirte nada, tan solo, disfrutar de tu mirada. De ese instante único, mágico, que nos inventamos cada día.

en el metro

La Gasolinera

Estaba a punto de quedarme sin combustible, cuando en un recodo de la carretera, anunciaban a tres kilómetros, una gasolinera.

Menos mal, pensé. De noche y con este viento, no me gustaría dejar el coche en cualquier sitio y ponerme a andar hacia ninguna parte.

¡Qué suerte he tenido!

Al llegar a la estación de servicio, no se encontraba ningún otro coche repostando.

Mejor, pensé, así no tengo que esperar. Tengo prisa por llegar a casa.

De la oficina de la gasolinera, salió un individuo alto y fuerte, que si no fuera porque trabajaba allí, me hubiera sentido intimidado.

Con el gesto torcido, me dijo que se habían quedado sin gasolina y hasta mañana no llegaría el camión para rellenar los depósitos.

Si no tenía donde ir, podría alquilarme una habitación en el hostal, que justo al lado, las ofrecía a 50 euros la noche. ¿La próxima gasolinera? A 70 kilómetros, me contestó con gesto torcido y un poco de mala leche.

La habitación era horrible, ni 10 euros pagaría por ella. Pero alrededor de la gasolinera y el hostal, el desierto de árboles y nada más.

No tenía servicio de restaurante ni un bar donde caerme muerto y engañar a mi mala suerte con algo de cerveza o cualquier otra bebida.

No me quedó más remedio que meterme en la habitación de 50 euros la noche y aguantarme hasta que la mañana se dignara aparecer junto al desierto de árboles que rodeaba la gasolinera y el hostal de mala muerte, donde había tenido la mala suerte de caer.

Me tumbé en la cama y entonces me di cuenta de su presencia. No estaba solo.

Allí, a unos metros de la cama, se encontraba sentada en una silla, una mujer.

Me miraba y yo la miré. Me sobresalté y me levanté de un salto. ¿Quién era esa mujer

que se encontraba en mi habitación? ¿Qué hacía allí, a tan solo unos pasos de mí?

No hablaba, solo me miraba y aquellos ojos penetrantes me atemorizaban.

Le pregunté si aquella era su habitación y me la habían dado a mí por equivocación.

No me contestó, continuó mirándome fijamente, sin apenas pestañear.

Dije de ir a preguntar abajo, pero la puerta se negaba a abrirse. Me quedé con el pomo en la mano.

Grité para que viniera el señor de la gasolinera. Fue en vano, nadie acudió a mi llamada.

La mujer no se había movido de la silla en la que estaba sentada mirándome sin apenas pestañear. Aporreé la puerta con todas mis fuerzas, inútil, nadie acudió a mi desesperación.

Tenía dificultades para respirar, intenté abrir la ventana pero tampoco pude hacerlo. Solo el viento entraba en la habitación, pero era un viento seco, sin aire, sin ruido. Un viento muerto.

La mujer me miraba, no había dejado de mirarme un solo momento desde que sentí su presencia. Apenas pestañeaba esa mujer.

Intenté de nuevo hablar con ella pero fue inútil. Como si tuviera sellados los labios. Apenas pestañeaba esa mujer. Sentada en la silla, mirándome penetrantemente.

Comencé a sentir temor. Y si esa gasolinera, ese hostal, están ahí para atrapar incautos como yo, para robarles o incluso, algo peor, matarlos y tirar sus cuerpos a esos depósitos vacios de gasolina.

Perdí un poco los nervios y comencé a gritar, a llorar, a pedir socorro desgañitándome. Me quedé afónico, sudoroso y muerto de miedo. Le pedí que me dejara en paz, que necesitaba salir de aquella habitación, que me asfixiaba.

La puerta no se abría, la ventana no se abría, el viento no contenía aire y la maldita mujer no dejaba de mirarme sin apenas pestañear.

La zarandeé sin consideración y cayó al suelo. Estaba muerta. La mirada muerta y los ojos abiertos sin apenas pestañear.

Grité como en mi vida había gritado. Pero nadie acudió en mi ayuda.

Me senté en la silla desfallecido y muerto de cansancio. Apenas podía pestañear.

Me quedé mirando la cama fijamente sin apenas pestañear. Una mujer me miraba y se sobresaltaba, gritaba, pero yo no la oía.

Me hacía gestos que no entendía. Intentó abrir la puerta pero se quedó con el pomo en la mano.

No paró de gritar durante mucho tiempo o eso me pareció. Ya no estaba allí.

Mis ojos apenas pestañeaban y los de esa mujer tampoco.